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LA GRAN HAMBRUNA (1845-1851): datos significativos de ayuda a los lectores de LA ISLA REBELDE

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IRLANDA:

LA GRAN HAMBRUNA (1845-1851): datos significativos de ayuda a los lectores de LA ISLA REBELDE

ANTECEDENTES Y COMIENZO

En 1845 la cosecha de la patata se malogró, destruida por una plaga virulenta. Empezó un periodo de seis años durante los cuales los campos sembrados de patata se frustraron en todos los condados de Irlanda. Llegaron el hambre, las enfermedades y la muerte. Una tragedia para los pobres irlandeses que vivían casi por completo de las patatas que cosechaban. Esta situación significó la muerte de un millón de muertos y la emigración de dos millones más hacia América o Australia. La historia de Irlanda cambió para siempre.

Irlanda era una provincia más del Imperio Británico, gobernada desde Londres. Las cuatro provincias que forman la isla, Leinster, Munster, Connaught y Ulster, sufrieron la plaga y la hambruna. Pero fueron los condados de las provincias occidentales las que más tuvieron que soportar las consecuencias del desastre. En Tralee, la capital del condado de Kerry, en la provincia de Munster, la familia O’Neill quedó diezmada. LA ISLA REBELDE, novela histórica ambientada en Irlanda, cuenta sus desventuras.

En agosto de 1845 los periódicos ingleses hablaban de una plaga nunca antes vista que asolaba las plantas de la patata. Se decía que en Bélgica la cosecha se había perdido en su totalidad. Las patatas habían desaparecido de los puestos del mercado de Covent Garden. En Irlanda, más de tres millones de personas vivían de cultivar y comer patatas. Para ellos, la pérdida de la cosecha significaba devastación, ruina y hambre. El periódico Dublin Evening Post del día 6 de septiembre de aquel año daba noticias del brote maligno: las hojas de las plantas se volvían negras y se marchitaban. Había noticias parecidas por toda la isla. Para mitad de octubre todos los condados estaban afectados.

El gobierno estableció una Comisión Científica para estudiar el problema y descubrir cómo salvar la cosecha. Publicó una serie de consejos para que la gente utilizara las patatas afectadas y para detener la expansión de la plaga. Desgraciadamente, sus consejos no tuvieron ningún efecto positivo. Nada se pudo hacer y toda la cosecha se convirtió en una masa maloliente y podrida. Hasta quince años después no se supo que un hongo, Phytophthora infestans, había sido el causante de la plaga. El hongo, un organismo microscópico, se extendía por las hojas de las plantas de la patata. Las hojas se volvían blanquecinas por el ataque de las esporas incontables que se reproducían a una velocidad imparable: en cuestión de horas un campo entero podía estar infectado. Las esporas se expandían por el aire a través de diminutas gotas de humedad. El clima húmedo del verano irlandés de 1845 invitó a la expansión de la plaga.

La patata había llegado a Europa a mitad del siglo XVI, tres siglos antes de la Gran Hambruna. Al principio solo los ricos las comían. Sir Walter Ralegih, marino, corsario y político inglés, cultivó patatas en su granja del condado de Cork, en la provincia de Munster en la década de 1580. Con el paso de los años, la patata se convirtió en alimento diario en los condados del sur y oeste. Se popularizó en el norte, pero solo se cultivaba en tierras pobres y solo los pobres las comían. En 1800, la mayoría de pequeños granjeros y los apareceros, los obreros sin tierra, se habían cambiado de alimento favorito. La patata había reemplazado a la avena. Tenían buenas razones para ello: el clima húmedo, templado ayudaba a cultivarla incluso en tierras apenas fértiles. Eran también muy nutritivas. Con un poco de leche, las patatas suponían un suplemento de carbohidratos, proteínas y minerales. Antes de la hambruna, un hombre comía de promedio 45 patatas; una mujer, 36; un niño de unos 11 años, 15 patatas. Pero era muy peligroso depender solo de un simple alimento.

Los campesinos cultivaban un solo tipo de patata, la lumper, que producía grandes cosechas y no necesitaba demasiado laboreo. Un acre, aproximadamente media hectárea, producía 12 toneladas, lo suficiente para alimentar a una familia de dos adultos y cuatro hijos, su vaca, un cerdo y unas docenas de gallinas durante la mayor parte del año.

La Irlanda de 1845 era un país agrícola rico, cuyos granjeros, aparte de los aparceros, producían mucho más que patatas.  Exportaba grano, leche y carne de cero a Inglaterra. Unos siete millones de sus ocho millones de habitantes vivían del laboreo de la tierra y de lo que producía. Pero la sociedad estaba dividida. La mejor tierra de cultivo estaba en manos de familias anglo irlandesas que tenían enormes granjas y fincas. La mayor parte del año estos propietarios vivían lejos de Irlanda y empleaban a administradores para que se encargaran de sus dominios.

Irlanda era una colonia británica. En 1801 perdió el poco poder político que tenía cuando se aprobó el Acta de Unión, que provocó que el Parlamento de Dublín se disolviera y el control de toda la isla pasó a manos británicas. Así, cuando la Gran Hambruna golpeó a los irlandeses, fueron los políticos británicos los que decidieron qué hacer con gente que apenas conocían y con los que nada simpatizaban. Había una brecha enorme en el nivel de vida entre aparceros irlandeses y propietarios británicos. Algunos políticos y periodistas creían que los irlandeses eran pobres porque eran vagos, cultivaban productos de escasa calidad como la patata y laboraban tierras ínfimas. El millón y medio de aparceros estaban en lo más bajo de estructura social y económica. En lo más alto, los propietarios, quienes dividían sus fincas en parcelas y las alquilaban a ricos granjeros. Estos estaban en mitad de esta pirámide social. Pagaban lo que hoy serían 200 euros al año por acre. A su vez, los granjeros subdividían la tierra alquilada a los propietarios en parcelas pequeñas de hasta tres acres y las alquilaban a los pequeños renteros y a los apareceros, a un precio de 600 euros anuales. Por eso, los de la clase media eran odiados por los más pobres. Muchos aparceros no podían pagar esa cantidad y trabajaban para sus amos. Los protagonistas de LA ISLA REBELDE sufren esta situación tan extendida cuando la Gran Hambruna diezmó Irlanda.

Reflexiones de un jubilado sobre la pandemia

REFLEXIONES DE UN JUBILADO SOBRE LA PANDEMIA

Nos acosan durante estos largos meses de aislamiento social con un sinfín de tertulias televisivas, en las que un grupo de periodistas lanza sus ideas sobre la evolución de la pandemia, de la curva de contagios, del seguimiento de la vacunación. Depende de la cadena de TV que sintonices, la conclusión tendrá un signo positivo o negativo. Estas son las reflexiones de un jubililado, que asiste a la sinrazón de conclusiones ilógicas y desbaratadas por parte de un periodismo altamente manipulado (solo hay que prestar con atención las preguntas que se hacen a los Ministros de Sanidad o al Dr. Simón):

1. Este virus maldito se expandió mucho antes de que científicos, políticos, gobernantes de todos los países, servicios médicos supieran apenas nada de su estructura, de su capacidad de contagio, de su forma de invasión, de su conquista mundial. Echar la culpa al contrario es una tarea fácil. Lo difícil parece ser ponerse a trabajar en conjunto. Menos palabras y más hechos es lo que hace falta.

2. Las estructuras sanitarias han sido insuficientes para una pandemia. Hay que invertir en sanidad y ciencia. En España y en la mayoría de países europeos, que hasta en Alemania y Reino Unido han tenido serios problemas para atender a todos los contagiados. Por no mencionar al  estado de la sanidad en el Tercer Mundo. Es momento para que la solidaridad de los más ricos se vea reflejada, repartiendo las vacunas que las codiciosas farmacéuticas están vendiendo a los ricos; invirtiendo en infraestructuras sanitarias en lugares no tan lejanos, que el Norte de Africa es frontera con la Europa rica; haciendo campañas educativas que incidan en la necesidad de preservar el medio ambiente. 

3. Esta pandemia ha demostrado la fragilidad de la humanidad. Solo si se aplican medidas globales se aplacarán las pandemias futuras. Es en este punto donde la OMS debe liderar las actuaciones. Y obligar a las farmacéuticas a liberar sus patentes. Todos tenemos el mismo derecho a la salud, vivamos en el Congo o en Canadá, en Soria o en el Magreb. Quizás con la intervención de la producción de medicamentos, vacunas, por parte de los estados se podrá lograr una sanidad digna para todos, que es un derecho universal. En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, este derecho viene desarrollado en el Artículo 25: “Toda persona tiene derecho a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar, y en especial la alimentación, el vestido, la vivienda, la asistencia médica..."

4. Lo que ha ocurrido en España y sigue ocurriendo es en buena medida el resultado de la anarquía que conlleva el Estado de las autonomías. Los diferentes gobiernos autonómicos parecen estar más preocupados por echar las culpas al gobierno central que por centrarse en la lucha contra el virus. El gobierno central, que en la primavera del año anterior tomó las riendas y consiguió, con la abnegación de los ciudadanos y los sanitarios, aplacar la expansión del virus tomando medidas duras pero necesarias, ha delegado en los gobiernos regionales la política sanitaria, que les corresponde por orden constitucional. Para que no haya las diferencias que cualquier ciudadano observa y sufre, víctima de políticas erráticas, el gobierno central tendría que asumir las competencias sanitarias. Algo casi imposible de pensar con una oposición dura y lejana del consenso, que sí consiguieron los políticos de la Transción. No hay que olvidar que este paso requeriría un cambio constitucional o la declaración de un nuevo estado de alarma, que no superaría el apoyo de los grupos en el Congreso.  Mientras la Sanidad no sea igual para todos, mientras en provicias castellanas los mayores mueran en las residencias porque no hay plazas hospitalarias para ellos y en las comunidades vasca o navarra este problema está resuelto, se podrá pensar que algo no funciona en el Ëstado de las autonomías.

5. Europa ha fallado. Ha entregado cantidades descomunales de dinero para ayudar a farmacéuticas americanas a lograr la vacuna salvadora. Este dinero bien podría haber sido invertido en los laboratorios europeos que no han conseguido la vacuna porque no han recibido las ayudas necesarias. Aún así, la vacuna española del CSIC está en fase de estudio y llegará a los ciudadanos cuando todos estemos inmunizados por vacunas americanas, rusas o chinas.

En conclusión: los ciudadanos hemos aprendido lo que verdaderamente nos puede salvar de un contagio, más allá de las medidas de los gobiernos: uso de mascarilla en todo momento, evitar reunirse con personas que no forman parte de tu grupo de convivencia diaria, lavado de manos constante, desinfección y ventilación de estancias....hasta que nos llegue la vacuna, que llegará. Hay que ser pacientes y positivos. Y cuidar la naturaleza, que la estamos ofendiendo. 

 

 

La isla de La Graciosa

LA ISLA DE LA GRACIOSA 

 

En el barco que lleva al viajero desde el puerto lanzaroteño de Órzola, en el norte de la isla, hasta la cercana isla de La Graciosa, toda la tripulación es originaria de la llamada octava isla canaria. Uno de los tripulantes me comenta que este verano atípico de la pandemia ha sido un resurgir del turismo en este lugar.  Al desembarcar en el pequeño puerto de Caleta del Sebo los comentarios se hacen realidad. Cientos de turistas pueblan las pequeñas playas y calas.  Todo lo contrario de lo que ocurre en Lanzarote, donde el turismo extranjero está ausente y los hoteles están cerrados o con una ocupación mínima.  

El viaje en la guagua desde Arrecife a Órzola es en sí toda una experiencia. La guagua, con apenas una decena de viajeros, va parando en los pueblos antiguos como Teguise, Haría. También en complejos más modernos al borde del océano. El viajero puede observar el contraste entre la inmensidad azul del océano y el paisaje volcánico, salpicado de pequeñas montañas surgidas de las sucesivas erupciones. Los barcos parten cada hora desde el puerto hasta la Caleta del Sebo, nombre que hace alusión a la seba, el alga marina que abunda en las profundidades. El trayecto en el barco es de todo menos tranquilo. Las olas baten con fuerza el barco, a babor y a estribor. Solo cuando penetra en el Río, el estrecho que separa las dos islas, se recupera un cierto sosiego. Los veinte minutos de travesía dan para una sesión de fotografías inigualable.  Enfrente de la Caleta del Sebo lo que puede verse es un inmenso acantilado, que los lugareños llaman Risco, de unos cuantos kilómetros.  

La graciosa

Hay otro pequeño asentamiento al oeste de la Caleta, Pedro Barba, donde los habitantes censados no llegan a la media docena. La casi totalidad de la población de la isla de La Graciosa, unos ochocientos habitantes, vive en la Caleta del Sebo.  Lo que sorprende al viajero es la ausencia de asfalto o empedrado en las calles. La arena dorada las cubre. Predominan las casas adosadas, antes habitáculos para los pescadores y ahora convertidas en apartamentos turísticos. No hay carreteras, solo caminos polvorientos que surcan la isla entre montañas volcánicas. Lo mejor es iniciar el camino en una de las sendas y caminar hasta alcanzar el final: una cala pequeña y solitaria.  

Pero no solo hay maravillas. La población asentada durante todo el año se queja de los inconvenientes: la isla no produce nada, solo lo que pueda pescarse en el océano; todos los productos y alimentos tienen que llegar en barco desde Lanzarote; los adolescentes que inician el bachillerato tienen que ir al instituto de la localidad de Haría, donde estudian y viven durante la semana; solo si hay una emergencia sanitaria un helicóptero llevará al enfermo hasta la isla grande. Los niños pueden estudiar en La Graciosa hasta acabar la Secundaria. Hay dos médicos de familia, que se turnan cada dos semanas en el Centro de Salud. Es una información que amablemente me proporciona uno de los tripulantes del barco. 

Este amable marinero me cuenta también que el cementerio de la isla está lleno. No les dan permiso para ampliarlo. No lleva muchos años en uso. En realidad, el bisabuelo del marinero fue la primera persona enterrada en la isla. Hace menos de cuarenta años. Los isleños no quieren volver a llevar los ataúdes de sus difuntos hasta el cementerio de Haría en barco. Con una de sus pequeñas barcas de pescadores transportaban el ataúd desde el puerto de la Caleta, cruzaban el Río y llegaban a una pequeña playa enfrente. Les quedaba cargar con el féretro, subir una senda empinada del acantilado y depositarlo en el cementerio lanzaroteño. Era el mismo camino que seguía el pescado que los isleños de La Graciosa recogían y suponía el principal modo de supervivencia. No hace muchos años. Por eso, ahora ven como una bendición la llegada masiva de turistas. A pesar de la pandemia. 

Datos del coronavirus en Soria: datos para la reflexión

DATOS PARA LA REFLEXIÓN

 

Datos de la pandemia -27/Abril

Provincia de Soria:

Casos positivos confirmados: 1.638

Fallecidos por coronavirus: 107

Habitantes en la provincia de Soria (datos de 2018): 89.752

Extensión: 10.306 Km2

Densidad de población: 8,7 habitantes/km2

Número de hospitales en la provincia: 1 (en la capital)

 

Provincia de Teruel:

Casos positivos confirmados: 557

Fallecidos por coronavirus: 71

Habitantes de la provincia de Teruel (datos de 2018): 134.572

Extensión: 14.804 Km2

Densidad de población: 9,01 habitantes/km2

Número de hospitales en la provincia: 4 (3 en la capital, 2 de los cuales son asistenciales, y 1 en Alcañiz)

 

Datos de dos provincias de la llamada España Vaciada, con una densidad de población parecida. Es una población envejecida en ambas provincias. Este dato puede ser determinante para la expansión de la pandemia. Si en Teruel parece que tienen un control razonable de la enfermedad, en la provincia de Soria el fracaso es total. No vale decir, por lo tanto, que en Soria hay muchos ancianos, como si los que trabajaron en la dura posguerra o los que lucharon en la transición democrática no fueran dignos de una atención sanitaria digna. No es digno que desde la Conserjería de Sanidad de la Junta de Castilla y León se diga que si en Soria hay tantos contagios es porque las calles están llenas de gente, como aseguró la consejera, Sra. Casado, el pasado día 8 de abril.

Las calles de Soria no están llenas. Solo se asoman a ellas a las 20:00 horas todos los sorianos para aplaudir la enorme labor de los sanitarios. Lo que está lleno es el único hospital de la provincia y su UCI. Y las ambulancias que trasladan a enfermos de Soria a otras provincias. De aquí partió el único paciente que ha sido acogido en otra comunidad. El día 8, miércoles, llegó al hospital San Pedro de Logroño.

La falta de previsión de la Conserjería de Sanidad de la Junta de Castilla y León es lamentable. En Soria, endémica.

Hay que tener memória histórica y deducir el abandono al que tienen acostumbradas las diversas administraciones a la provincia de Soria.

Pactos de la Moncloa de 1977

PACTOS DE LA MONCLOA DE 1977

Los que vivimos los últimos años del franquismo, la muerte del dictador, las luchas universitarias, la transición hacia la democracia con el referéndum de Reforma Política, las primeras elecciones democráticas recordamos la ilusión que supuso ver a políticos de todas las tendencias, incluidos los del viejo régimen de Alianza Popular, a empresarios y sindicatos reunirse en una mesa del palacio de la Moncloa para diseñar el futuro de la sociedad española. Sociedad inmersa en problemas sociales, políticos y económicos.  Era el mes de octubre de 1977. La democracia no estaba asentada como pudo comprobarse el 23 de febrero de 1981. De esa reunión surgieron los Pactos de la Moncloa.

Hay que recordar que la inflación llegaba al 30% anual, que los parados emigraban a Europa, que los empresarios estaban acostumbrados a un sistema intervencionista, que los sindicatos acababan de ser legalizados.

Adolfo Suárez, elegido presidente democrático después de las elecciones generales de junio, pilotó las conversaciones con todos los sectores de la sociedad, junto a su ministro de Economía y Hacienda, Enrique Fuentes Quintana. Recordamos que la disposición de Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista, fue fundamental. Como lo fue la actitud dialogante del presidente de los empresarios, CEOE, Ferrer Salat. Los sindicatos UGT y los anarquistas de la CNT se opusieron al principio. El sindicato comunista CCOO mostró siempre su conformidad. Al final, solo los anarquistas dejaron de firmar los pactos.

Lo que se acordó puede resumirse en tres párrafos:

  1. En materia económica: despido libre hasta un máximo del 5% de la plantilla, derecho de asociación sindical, incremento de un 22% en los salarios para el año siguiente, devaluación de la peseta, reforma de la administración tributaria, control de capitales para evitar fugas al exterior.
  2. En cuanto a lo social: despenalización del adulterio y el amancebamiento, despenalización de los anticonceptivos.
  3. En el ámbito político: libertad de prensa, prohibición de la censura previa, libertad de expresión y de asociación política, derogación del sistema de partido único, el antiguo Movimiento Nacional, muy activo en aquellos años difíciles.

Medidas que luego serían recogidas en la Constitución aprobada en referéndum democrático en diciembre de 1978. Medidas que pueden resultar chocantes para las generaciones más jóvenes, pero que fueron un hito y un logro en 1977, dos años después de la desaparición del dictador.

Todos los partidos firmaron los Pactos de la Moncloa. El partido Alianza Popular, que recogía antiguos diputados y ministros del franquismo, como el mismo Fraga Iribarne, su presidente, no suscribió el plan en el ámbito político. Era mucho pedir a los defensores de un régimen autoritario.

Ahora que tanto se habla de reeditar los Pactos de la Moncloa, en tiempos de confinamiento por un virus mortífero, sería bueno refrescar lo que ocurrió en 1977. Los políticos actuales deben tomar ejemplo de la capacidad de diálogo de Suárez, Carrillo, González, Ferrer Salat, Marcelino Camacho, Nicolás Redondo y demás. No es bueno para la sociedad que los partidos conservadores de hoy se nieguen en banda a unos nuevos PACTOS DE LA MONCLOA. Por el bien de todos los ciudadanos, dialoguen y pacten.