viajes para jubilados

Noruega

NORUEGA

Cuando se pisan las calles de Madrid después de haber pasado unos días en Bergen, la capital de los fiordos noruegos, el alma se cae al sucio suelo madrileño. Madrid está sucia. En Bergen, la limpieza es una realidad. No es porque los madrileños sean más sucios. En Noruega hay suficientes puestos de trabajo para esa finalidad. Se ven jóvenes cada cien metros recogiendo la suciedad, los papeles, las colillas que arrojan los fumadores. Sí, jóvenes. Jóvenes que se pagan sus estudios haciendo una labor pagada por el gobierno.

Paseando por el puerto de Bergen, en uno de tantos fiordos que rodean la ciudad, se palpa el respeto por la naturaleza. Los niños noruegos saben que su principal estímulo es la exuberante naturaleza. Son ecologistas, no por un motivo ideológico, sino por una forma de vida que han aprendido desde la cuna. En el mercadillo de pescado del puerto pueden probarse los exquisitos pescados que arriban a diario. Hay trabajadores de todas nacionalidades. También españoles, que cobran un buen salario, pero pasan horas y horas en los puestos, trajinando con los turistas y los productos del mar.

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No es mi objetivo describir cualquiera de los fiordos. Solo decir que es una experiencia única. Una pareja madura de griegos se quejaba de la carestía de la vida en Noruega durante la excursión a los fiordos. El hombre dijo que tuvo que trabajar cuatro meses para pagarse nueve días de estancia en Noruega y visitar a su hijo, trabajador en Oslo.

Callejear por Bergen, subir a una de sus colinas, comer pescado en el mercadillo del puerto, probar carne de alce, reno o ballena, asistir a un concierto de Grieg, visitar el museo del dramaturgo Ibsen, el museo de la Gestapo, el museo de la ciudad en donde se puede aprender sobre la lucha de la resistencia al nacismo, pasear por el Bryggen, el barrio de casas de madera coloreada, patrimonio de la humanidad…Alguna de las experiencias que te harán sentir en un lugar diferente y extraordinario.

Un rasgo esencial del noruego es su respeto por las normas. En los transportes públicos no necesitan inspectores. No habrá un solo ciudadano que no lleve su billete. Algunos dirán que prefieren la alegría del sur a la oscuridad del norte. Porque en Noruega el cielo siempre es gris, aunque en la época estival no anochezca. Con cielos claros y alegría en el rostro, también se puede ser respetuoso. Con la naturaleza y las normas. Que parece que estamos en dos mundos diferentes.

En la guía de la oficina de turismo se describen unas reglas que hay que seguir cuando se visita la ciudad: respeto por los demás; uso de los cubos de basura y los baños públicos; respeto por la propiedad privada; por las fuerzas de la naturaleza; no hacer fuegos durante el verano; respeto por la fauna.

Un solo consejo: para ir al centro desde el aeropuerto es mejor coger el tranvía. Es más barato y llega hasta el puerto.

La isla de La Graciosa

LA ISLA DE LA GRACIOSA 

 

En el barco que lleva al viajero desde el puerto lanzaroteño de Órzola, en el norte de la isla, hasta la cercana isla de La Graciosa, toda la tripulación es originaria de la llamada octava isla canaria. Uno de los tripulantes me comenta que este verano atípico de la pandemia ha sido un resurgir del turismo en este lugar.  Al desembarcar en el pequeño puerto de Caleta del Sebo los comentarios se hacen realidad. Cientos de turistas pueblan las pequeñas playas y calas.  Todo lo contrario de lo que ocurre en Lanzarote, donde el turismo extranjero está ausente y los hoteles están cerrados o con una ocupación mínima.  

El viaje en la guagua desde Arrecife a Órzola es en sí toda una experiencia. La guagua, con apenas una decena de viajeros, va parando en los pueblos antiguos como Teguise, Haría. También en complejos más modernos al borde del océano. El viajero puede observar el contraste entre la inmensidad azul del océano y el paisaje volcánico, salpicado de pequeñas montañas surgidas de las sucesivas erupciones. Los barcos parten cada hora desde el puerto hasta la Caleta del Sebo, nombre que hace alusión a la seba, el alga marina que abunda en las profundidades. El trayecto en el barco es de todo menos tranquilo. Las olas baten con fuerza el barco, a babor y a estribor. Solo cuando penetra en el Río, el estrecho que separa las dos islas, se recupera un cierto sosiego. Los veinte minutos de travesía dan para una sesión de fotografías inigualable.  Enfrente de la Caleta del Sebo lo que puede verse es un inmenso acantilado, que los lugareños llaman Risco, de unos cuantos kilómetros.  

La graciosa

Hay otro pequeño asentamiento al oeste de la Caleta, Pedro Barba, donde los habitantes censados no llegan a la media docena. La casi totalidad de la población de la isla de La Graciosa, unos ochocientos habitantes, vive en la Caleta del Sebo.  Lo que sorprende al viajero es la ausencia de asfalto o empedrado en las calles. La arena dorada las cubre. Predominan las casas adosadas, antes habitáculos para los pescadores y ahora convertidas en apartamentos turísticos. No hay carreteras, solo caminos polvorientos que surcan la isla entre montañas volcánicas. Lo mejor es iniciar el camino en una de las sendas y caminar hasta alcanzar el final: una cala pequeña y solitaria.  

Pero no solo hay maravillas. La población asentada durante todo el año se queja de los inconvenientes: la isla no produce nada, solo lo que pueda pescarse en el océano; todos los productos y alimentos tienen que llegar en barco desde Lanzarote; los adolescentes que inician el bachillerato tienen que ir al instituto de la localidad de Haría, donde estudian y viven durante la semana; solo si hay una emergencia sanitaria un helicóptero llevará al enfermo hasta la isla grande. Los niños pueden estudiar en La Graciosa hasta acabar la Secundaria. Hay dos médicos de familia, que se turnan cada dos semanas en el Centro de Salud. Es una información que amablemente me proporciona uno de los tripulantes del barco. 

Este amable marinero me cuenta también que el cementerio de la isla está lleno. No les dan permiso para ampliarlo. No lleva muchos años en uso. En realidad, el bisabuelo del marinero fue la primera persona enterrada en la isla. Hace menos de cuarenta años. Los isleños no quieren volver a llevar los ataúdes de sus difuntos hasta el cementerio de Haría en barco. Con una de sus pequeñas barcas de pescadores transportaban el ataúd desde el puerto de la Caleta, cruzaban el Río y llegaban a una pequeña playa enfrente. Les quedaba cargar con el féretro, subir una senda empinada del acantilado y depositarlo en el cementerio lanzaroteño. Era el mismo camino que seguía el pescado que los isleños de La Graciosa recogían y suponía el principal modo de supervivencia. No hace muchos años. Por eso, ahora ven como una bendición la llegada masiva de turistas. A pesar de la pandemia. 

VIAJE POR BULGARIA

VIAJE  POR BULGARIA

 

Los viajeros jubilados que lleguen a Bulgaria se encontrarán ante un país insólito, pero, a la vez, contradictorio. Lo mejor es llegar sin una idea preconcebida. Todos tenemos en mente que los países del antiguo bloque soviético presentan un dibujo oscuro y triste, que las viviendas construidas en la etapa comunista afean el paisaje de las ciudades, que la miseria es lo único que pueden ofrecer al viajero, así como una cultura apocada y dirigida. Pero cuando se visita el país, la idea original se desvanece. Bulgaria está saliendo de un atraso económico brutal, sí. Está intentando ponerse al nivel de los países occidentales, sí. Sin embargo, tiene el encanto que ningún otro país posee.

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Cuando el heredero al trono búlgaro, Simeón II, hijo del adorado rey Boris III, último rey de Bulgaria, envenenado por los nazis en Agosto de 1943 por apoyar a los judíos, llegó al poder por los votos de los búlgaros en 2001 e intentó hacer de Bulgaria un país moderno, se topó con la realidad. Se rodeó, dicen los ciudadanos de Sofía, de ministros corruptos que se llenaron los bolsillos a costa de edificar complejos monstruosos, centros comerciales insulsos, resorts turísticos en las orillas del Mar Negro, a semejanza de los monstruos de la costa levantina española.

Es un camino equivocado el que siguen los mandamases búlgaros. Tienen que mimar su pasado cultural e histórico, que es rico y diverso, no hacer de Bulgaria un país más del occidente.  Lo que todos los viajeros aplauden son sus monasterios, sus  iglesias y catedrales ortodoxas, sus mequitas y sinagogas, la diversidad social y cultural. La protección que el querido rey Boris III dio a los judíos durante el exterminio fue un ejemplo.  Por eso, Bulgaria tiene que ser original y creativa en su desarrollo, no copiar los errores de occidente. Que el capitalismo salvaje es lo peor para las clases humildes. Y humildes son la mayoría de los búlgaros. Nos cuentan que los nuevos ricos son los que se aprovecharon de las privatizaciones que siguieron a la caída del comunismo. El pueblo llano ha sufrido y sufre en épocas pasadas y presentes. Es la historia de siempre.

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A los viajeros jubilados españoles les sorprenden los precios tan baratos de los productos básicos, la mayoría un cincuenta por ciento más baratos. Solo si se comparan los salarios con los precios puede comprenderse que,  aun así, no es fácil la vida para los búlgaros. Un ejemplo: una enfermera cobra unos 300 euros al mes.

A continuación propongo una lista de visitas, ordenada de mayor a menor interés, de acuerdo con mi experiencia:

  1. Monasterio de Rila
  2. Ruta por los Balcanes, divisando los campos de vides y el Valle de las rosas.
  3. Monasterio de Toyan
  4. La cripta de la catedral de Alexander Nevski,  donde se exhiben los mejores iconos de todo el país
  5. El  centro histórico de Sofía, con sus restos romanos, sus iglesias y edificios modernistas
  6. Nessebar, ciudad patrimonio de la humanidad en el Mar Negro
  7. La vieja ciudad de Plovdiv  con su teatro romano
  8. Veliko Tarnovo, ciudad capital de los tracios.

Y  lo más importante: el poder compartir tiempo y experiencias y aprender de otros viajeros jubilados, como Isa, Maribel y Ana, amables y encantadoras

Viaje en tren de Lisboa a Madrid

VIAJE EN TREN DESDE LIBOA A MADRID

El antiguo Lusitania Exprés hace un recorrido distinto al de hace unos años. El orígen y llegada es el mismo, pero se ha cambiado el trayecto. Extremadura ha quedado apartada y el ferrocarril sube hacia el norte antes de atravesar la frontera, después de alcanzar Coimbra y Guarda. El viejo tren ofrece un servicio único, de conexión entre dos ciudades y países que deberían estar más unidos, no solo por su proximidad sino también por su cultura y sus gentes. Desde España tendemos a infravalorar a Portugal, del mismo modo que los portugueses nos desprecian a su manera, dejándonos de lado. Es urgente un tren rápido que una las dos capitales y que siga hasta Francia. Por motivos comerciales y sociales. El recorrido de ahora es largo y en unas condiciones, se podría decir sin exagerar, tercermundistas.

Pero vamos a alejarnos de la negatividad. Busquemos lo positivo que hay y mucho. El viajero jubilado pasó el día en Cabo da Roca, en el extremo más occidental de Europa, donde la tierra termina y el mar comienza, como lo definía el poeta portugués Luis de Camões. Los acantilados, el faro, vigilante nocturno del océano, el sol brillando en su máximo esplendor, un aperitivo de bolinhos de bacalau, fueron la despedida de tierras portuguesas antes de partir de la estación de Santa Apolonia en el centro de Lisboa. La vetusta estación está desangelada en la noche invernal. El viento que llega del cercano Tajo, cerca de su encuentro con el mar, es frío. Las dos cafeterías están cerradas. Solo un restaurante en la plaza cercana nos ofrece café y bocadillos para el viaje. Porque en la cafetería del tren apenas vas a encontrar un servicio digno. Esta es la verdad. Con los años, la desidia se ha apoderado de este magnífico Lusitania. Volvamos de nuevo a lo positivo: la aventura de conocer personas con unas historias deslumbrantes, el dormir en un compartimento sabiendo que despertarás en otro país, la camaradería con los compañeros de viaje. 

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En un compartimento vecino se alojaba una señora de edad avanzada, en sus setenta o rozando los ochenta, que resultó ser una gran conversadora y con un pasado alucinante. Su historia me recordó los personajes de Diarios de la reina del océano. Había nacido en una pequeña aldea entre Fátima y Coimbra, perdida entre pinares, donde el café te lo tomabas en casa porque el pueblo carecía de bares o centros de reunión. Como cada uno de los diez hermanos tuvo que ganarse la vida. En primer lugar, llegó a Lisboa siendo adolescente. Allí se dedicó a todo tipo de trabajos: limpiadora en hoteles, recadera, vendedorea ambulante y otros muchos más. Le ofrecieron un trabajo en Angola, colonia portuguesa entonces, y aceptó. Trabajó en Luanda, sirviendo en casa de uno de los muchos que se enriquecieron a costa de hacer esclavos a los negros angoleños. Con la revolución de los claveles, el 25 de Abril de 1974, todo cambió. Los antiguos colonizadores, una vez que la democracia portuguesa devolvió la independencia a sus colonias, huyeron de ellas por temor a un linchamiento por parte de los nuevos gobernantes y ante el inicio de guerras civiles entre los nativos. A esta agradable señora la subieron en un avión y aterrizó en Río de Janeiro sin que nadie le diera explicaciones. Luego supo que la antigua metrópolis no podía admitir más repatriados desde las colonia y Brasil se había ofreciedo a acoger a los fugitivos. Otra vez tuvo que empezar. En Brasil conoció a su esposo, un serbio buscabidas. Regresa a su pueblo cada año, donde viven sus hermanos. 

En otro compartimento se alojaba un matrimonio zaragozano, con el que pude recordar historias de las luchas estudiantiles en mis tiempos universitarios. Recordamos el concierto mítico de José Antonio Labordeta en el Colegio Mayor Lasalle, en la calle San Juan de la Cruz, hoy residencia de ancianos. Era el año 1976 cuando desde todos los ámbitos se exigía libertad y amnistía para los presos políticos. Los grises rodeaban el Colegio. Cuando Labordeta entonó su Canto a la Libertad, con el público cantando emocionado, los grises entraron son la violencia que les caracterizaba y desalojaron el recinto. Sucedió dos años después de que los portugueses habían conseguido una democracia ejemplar, cuando un grupo de capitanes lideró el golpe contra la dictadura. Aquí, los militares intentaban que el franquismo, una vez Franco murió, se hiciera eterno.

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El tren inmenso siguió su camino hasta llegar a Medina del Campo, donde la mitad de los vagones se bifurcaron hacia Hendaya y los restantes continuaron hasta la estación de Chamatín en Madrid. El tren llegó puntual: 8:40.

Costa del sol: refugio de jubilados en invierno

COSTA DEL SOL: REFUGIO DE JUBILADOS EN INVIERNO

Desde la playa de la Carihuela, antiguo barrio de pescadores, cerca del Puerto Marina, en el paseo marítimo que une Torremolinos con Benalmádena, puede divisarse en la lejanía, sobresaliendo entre el verdor grisáceo de las montañas malagueñas y el azul intenso del Mediterráneo, las cumbres blancas de Sierra Nevada. Es tiempo invernal en la península ibérica y en toda Europa, pero en esta zona es una bendición pasear disfrutando de la luminosidad y tomar el sol a la orilla del mar. Es lo que hacen miles de jubilados del norte europeo. Aquí tienen lo que les falta en sus países durante el invierno.

Durante mucho tiempo la Costa del Sol era toda la costa mediterránea andaluza, desde Tarifa hasta el Cabo de Gata, pero la estrategia del márketing turístico ha querido que solo la franja malagueña y la gaditana hasta Tarifa sea considerada como la auténtica Costa del Sol, dejando para Almería y Granada el de Costa Tropical. El corazón del área turística, desde Estepona a Málaga, se considera el mayor centro vacacional de Europa. El sol brilla 320 días al año y el turista lo aprovecha, convirtiendo los antiguos pueblos pesqueros tranquilos en bulliciosos bloques de hoteles y apartamentos, clubs noctunos, campos de golf y restaurantes de todo tipo. Si se requiere tanquilidad es necesario adentrarse por los senderos de las montañas del interior.

El pasado árabe de los pueblos costeros es un hecho, no solo en su denominación sino tambien en el legado cultural. En Estepona, a los pies de Sierra Bermeja, los restos de una fortaleza mora y una torre de vigilancia permanecen para disfrutar desde allí las actividades del puerto pesquero y del puerto deportivo. En la sierra, entre alcornoques y pinos, el viajero jubilado puede respirar la naturaleza en su amplitud. Si se prefiere el turismo rural, los pueblos de la serranía de Ronda o los más cercanos a la capital, como Mijas, Coín, Alhaurín el Grande, ofrecen iglesias góticas, restos romanos y burro taxis

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Málaga, una de las ciudades europeas con  mayor número de museos excepcionales, puede contemplarse a vista de pájaro desde lo alto de la Alcazaba. Los naranjos, higos, caña de azúcar, algodón, las pasas , el famoso vino Pedro Ximénez,  o el vino moscatel son la esencia malagueña. El paseo del parque, la plaza de la marina, la alameda principal, las atarazanas forman parte del distrito portuario, muy cerca de la ciudad vieja, con su imponente catedral renacentista como edificio más singular. Le llaman La Manquita porque una de las torres está a medio construir. No dejen de visitar la Capilla del Rosario que contiene un cuadro del pintor Alonso Cano y la Capilla de Nuestra Señora de los Reyes con las estatuas de los Reyes Católicos arrodillados. 

Torremolinos ya no es lo que fue en las décadas de los ochenta o noventa del siglo pasad. Ahora es lugar más tranquilo donde los turistas recorren el paseo marítimo con los rayos del sol quemando su piel. Antes de 1960 cuando los turistas lo invadieron, Torremolinos era un pueblo somnoliento, dedicado a la pesca, que se había desarrolado a partir de un par de molinos y la Torre de Pimentel, que da nombre al pueblo. Ganó fama mundial por la novela The Drifters (Los vagabundos) de James A. Michener, un libro de culto para la generación hippy. Los dos antiguos barrios pesqueros, la Carihuela y el Bajondillo, se adaptaron a las necesidades de los turistas.