Cuatro días en Donostia/San Sebastián

Cuatro días en Donostia/San Sebastián

 

Desde la azotea del edificio de la antigua Telefónica se tiene una visión diferente de la ciudad. Ahora alberga un centro para la cultura internacional. Hasta el 2002, cuando la empresa de tabacos estatal se privatizó, trabajaron allí tantas cigarreras que había más mujeres empleadas que hombres en la ciudad donostiarra. El espacio cultural abrió sus puertas en 2015 y representa una idea que todas las ciudades deberían copiar: lugar para las iniciativas artísticas, musicales, culturales de todo tipo; sitio para la promoción de artistas jóvenes; encuentro de ideas nuevas. Hay exhibiciones, galerías de arte, cine, biblioteca, una ciudad con sus calles y plazas donde los ciudadanos y visitantes pueden pasear, encontrarse con amigos, mantener reuniones de trabajo…

Llueve en mi último día de estancia en esta ciudad resplandeciente. Recuerdo hace años, pasando un fin de semana con unos amigos en el camping del Igeldo, cuando alguien nos comentó que en San Sebastián nunca llovía. Al regreso al camping encontramos la tienda de campaña inundada. No, en Donostia, como en cualquier otro sitio, no llueve, por lo menos...a gusto de todos.

Se puede contemplar, casi tocar, desde lo alto de la Telefónica los edificios más conocidos de la ciudad: el Kursaal, el Teatro Victoria Eugenia, el hotel María Cristina, el palacio Miramar. Donostia es aristocrática, monárquica, que aunque quiera nunca podrá desprenderse del aroma que desprenden los lugares elegidos por los reyes. En el monumento dedicado a la reina María Cristina, en el paseo de Ondarreta, puede leerse: A la reina María Cristina de Austria… Fue reina de España, aunque su origen fuera austriaco nunca fue reina de Austria. El teatro lleva el nombre de su nuera, la reina Victoria Eugenia. A San Sebastián le ocurre como a tantas otras ciudades aristocráticas: Santander,  Aranjuez,  Cascais...siempre estarán ligadas a los reyes.

Las nubes se agarran a la cima de las verdes montañas arboladas que pueblan estas tierras. Allí están a gusto y se quedan, poblando de gris los cielos. Cuando el tren se acerca a Alsasu/Altsasu el paisaje se transforma. Es la naturaleza en su estado primitivo. Pero también hay momentos para el sol, para que los tamarindos y jazmines se luzcan, para que la gente invada las playas y los paseos de la ciudad.

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Donostia es una ciudad viva que honra a sus muertos, a los que perdieron sus vidas por causa de la barbarie. En la plaza del ayuntamiento hay un monumento en recuerdo a las víctimas del terrorismo. En la entrada al puerto se recuerda a los que cayeron luchando contra el ejército rebelde en Septiembre del 36. Antes de la entrada de los militares franquistas, la mitad de la población había huido para evitar las represalias.

La ciudad no es solo la bahía y una isla diminuta en medio, flanqueada por los montes Urgull e Igeldo. Hay que visitar el Museo de San Telmo, pasear por el Paseo de los Curas, llegar al Peine de los Vientos de Chillida desde el Paseo Nuevo, desde la escultura Construcción Vacía de Oteiza, o empaparse de cultura. Tuve la ocasión de ver la exposición Sarajevo- Guerra y Paz de Gervasio Sánchez, en la Sociedad Fotográfica de Gipúzkoa. Las fotografías de este enorme artista comparan la ciudad bosnia en el momento del cerco, allá por 1992 y la situación presente. Es un documento social de primera magnitud. Donostia fue capital cultural europea en 2016. Tengo la impresión que no se quiso promocionar lo suficiente. 

El tiempo soleado invita a subir al Igeldo en el funicular. Los sábados son el peor día para hacer el trayecto porque los compartimentos están llenos de niños que chillan, pisan a los ancianos, sin que los padres les digan nada. Una buena comida, con pescado fresco del Cantábrico, alivia cualquier enfado.

En esta ciudad cosmopolita  te puedes encontrar con gente impensable. El actor John Malkovich veía el partido de fútbol, el Clásico, en un bar de la zona vieja. Seguía con atención los pormenores del encuentro. No cabe duda que es seguidor del Barsa. Festejó el gol de Messi como el más acérrimo fan. Cambiando impresiones con un afable alemán, también me confesó que prefiere al equipo azulgrana. Empezaba el camino vasco hacia Santiago de Compostela. Es su tercer camino, después de hacer el camino  portugués y el francés. Son simples anécdotas de un viaje agradable, por el buen tiempo, por la vida que se disfruta paseando y observando al gentío en la arena de la Concha, jugando al voleybol, al fútbol, al frontenis, paseando antes de la llegada de la marea alta, tumbados para absorber la bondad de los rayos solares, que, sí, asoman en el Norte.

 

 

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Comentarios (1)

Narcisa
  • 1. Narcisa | 06/07/2017

La mejor descripción de un viaje que recuerdo haber leído. Gracias.

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